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De hecho la ausencia del cuerpo podría explicarse
de otro modo. María Magdalena creyó que se habían llevado a
su Señor (Jn. 20, 13). Las autoridades, al ser informados por
los soldados de lo sucedido los sobornaron para que dijeran que mientras
dormían, vinieron de noche los discípulos y robaron el cuerpo de Jesús
(Mt. 28, 11-15).
Sin embargo, el hecho es que las mujeres, luego
Pedro y Juan, encontraron el sepulcro vacío y los lienzos en el suelo.

Sudario de Oviedo que cubrió su Rostro
Y estos lienzos son ¡nada menos! que
la Sábana Santa que cubrió el cuerpo de Jesús y el
Sudario que cubrió su cara en el traslado de la cruz al sepulcro.
Y San Juan nos dice en su Evangelio que él vio y creyó
(Jn. 20, 8). Esto supone que, al constatar el sepulcro vacío, supo
que eso no podía ser obra humana y creyó lo que Jesús les había anunciado.
Además, intuyó que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal
como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn. 11, 44).

Sábana Santa de Turín
que cubrió su Cuerpo
Las apariciones de Jesús Resucitado
a tantos, comenzaron por las mujeres que iban a embalsamar el cuerpo de
Jesús (cf. Mc. 16, 1; Lc. 24, 1) y que, por instrucciones del
Resucitado fueron las mensajeras de la noticia a los Apóstoles (cf. Lc.
24, 9-10). Esta noticia fue confirmada por la aparición de Cristo, primero
a Pedro, después a los demás Apóstoles. Y es por el testimonio de Pedro
que la comunidad de seguidores de Cristo exclama: ¡Es verdad!
¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón (Lc. 24, 34).
Ante éstos y muchos otros testimonios
de apariciones del Resucitado, es imposible no reconocer la Resurrección
de Cristo como un hecho histórico.
Pero, además, sabemos por los hechos narrados que
la fe de los discípulos fue sometida a la durísima prueba de la pasión
y de la muerte en cruz de Jesús. Fue tal la impresión de esa muerte tan
vergonzosa que -por lo menos algunos de ellos- no creyeron tan pronto
en la noticia de la Resurrección.
Tengamos en cuenta que los Evangelios no nos muestran
a un grupo de cristianos entusiasmados porque Cristo iba a resucitar o
siquiera porque había resucitado. Muy por el contrario, nos presentan
a unos discípulos abatidos, confundidos y asustados. Por eso no le creyeron
a las mujeres y las palabras de ellas les parecieron puros cuentos
(Lc. 24, 11).
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