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PARTES DE LA MISA

Vamos a ver –no de manera exhaustiva- sino destacando algunos motivos que puedan ayudarnos a realzar nuestra devoción en algunas partes de la Santa Misa.

EL SIGNO DE LA CRUZ:

Al comienzo de la Misa, antes de la lectura del Evangelio y al final de la Misa, tendemos a pasar por alto la llamada Señal del Cristiano.  Pero ésta encierra mucho significado y un gran poder.

San Cipriano de Cartago (siglo III):  “En la señal de la Cruz está toda virtud y poder … En la señal de la Cruz está la salvación para todos aquéllos marcados en sus frentes”, en una clara referencia a Apocalipsis 7, 3 y 14, 1, y también a Ez. 9, 4-6.

San Atanasio (siglo IV) declaraba:  “Por el signo de la Cruz toda magia cesa y toda brujería se vuelve nada”.  Es decir, a Satanás se le acaba el poder ante la Cruz de Cristo.

La Señal de la Cruz es el gesto más profundo y de mayor contenido que podemos hacer.  Veamos todo lo que contiene:

Es el Evangelio en un instante.  La Fe cristiana resumida en un solo gesto.  Renovamos la alianza que comenzó con las promesas de nuestro Bautismo.  Con las palabras “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, proclamamos nuestra fe en la Santísima Trinidad, y con nuestra mano proclamamos la fe en la Redención de Cristo.   

Es decir:  la Trinidad, la Encarnación, la Redención –el Credo completo- en un destello instantáneo.

En las tradiciones católicas orientales, este signo es más rico aún, porque se sostienen juntos los tres primeros dedos (pulgar, índice y medio), para significar la Trinidad.  

LITURGIA PENITENCIAL:

oración

En los juicios cuando hay un culpable, hay siempre un acusador. Una de las bellezas de la Liturgia Penitencial es que nos reconocemos culpables, pero nadie nos acusa.  “Yo confieso ante Dios Todopoderoso y ante ustedes hermanos que he pecado…”.

No podemos negar que hemos pecado, porque seríamos mentirosos (cf. 1 Jn. 1, 9).  Y aún el justo peca siete veces al día (cf. Prov. 24, 16). No podemos exceptuarnos y hasta nuestras faltas pequeñas resultan materia grande, porque ofenden a Dios, cuya grandeza es infinita.

Así que en la Misa nos declaramos culpables y ¿qué hacemos después?  Nos lanzamos en los brazos de la Misericordia Divina con el Kyrie:  “Señor, ten piedad.  Cristo, ten piedad.  Señor, ten piedad”

GLORIA:

Con el Gloria nos unimos a los Coros Angélicos que cantaron ese himno en el Nacimiento de Jesús:  “Gloria a Dios en el Cielo…” (Lc. 2, 14).  Y en las líneas siguientes alabamos a la Santísima Trinidad, nos unimos a los Angeles que cantan la Liturgia Celestial perenne y que recoge el Apocalipsis (15, 3-4).

OFERTORIO:

Con el Ofertorio comienza la LITURGIA EUCARISTICA. Y el Ofertorio suele pasar casi inadvertido, entre el movimiento de la colecta y el canto.

Pero es un momento importantísimo, tal vez el de mayor participación nuestra: es el momento de ofrecernos nosotros, con todo lo que somos y tenemos.  Y esa ofrenda luego nos la regresa el Señor transformada en El mismo. 

El Sacerdote hace esto evidente por las palabras que debe decir al verter vino y una gotita de agua en el Cáliz:  “Que por el misterio de este agua y vino podamos participar de la Divinidad de Aquél que se dignó a participar de nuestra humanidad”. 

Esta acción que pasa desapercibida es de un simbolismo determinante:  representa la unión hipostática de la divinidad y humanidad de Cristo.  Pero representa también la unión de nuestra ofrenda con la ofrenda perfecta de Cristo en la Cruz y en cada Misa.  

AGNUS DEI:

El Cordero de Dios recuerda la Cena Pascual de la Antigua Alianza en la que se sacrificaba un cordero.  Y recuerda la Ultima Cena, en la que Cristo se convierte en el nuevo Cordero sacrificado en la Cruz.  Ya no se vierte sangre de animales, sino la sangre del mismo Cristo para sellar la Nueva Alianza.  (“Este es el Cáliz de mi Sangre, Sangre de la Alianza Nueva y Eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”).

Unos momentos después el Sacerdote levanta la Hostia Consagrada, es decir, muestra al Cordero como aparece en el Apocalipsis: “de pie, aunque había sido sacrificado”  (Ap. 5, 6).  Y dice:  “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn. 1, 36), repitiendo las palabras que San Juan Bautista usó para mostrar a los Apóstoles el Mesías.

COMUNION:

Entonces, después de declararnos indignos de recibir al Señor, repitiendo las palabras del centurión romano:  “Yo no soy digno de que entres en mi casa …” (Mt. 8, 8), nos disponemos a recibir ¡a Dios!  -a Jesús Dios y Hombre verdadero. 

Para aprovechar mejor las gracias eucarística, debemos percatarnos de que la Comunión no consiste solamente en que recibimos la Hostia Consagrada, sino en que recibimos ¡una Persona! ¡que es Dios! Y esa Persona-Dios quiere unirse íntimamente con quien lo recibe.  Esta toma de conciencia debiera suscitar sentimientos de gran devoción. 

Santo Tomás habla en la Suma Teológica de dos clases de alimentación:  sacramental y espiritual.  La sacramental es cuando recibimos la Comunión con alguna comprensión y un cierto deseo de recibir lo que estamos recibiendo.  Y la espiritual es cuando la recepción sacramental va acompañada de un verdadero anhelo de unión con Cristo.  Así recibo, no solamente el Sacramento mismo, sino el efecto sacramental mediante el cual estoy espiritualmente unido a Cristo en fe y amor.  

Pero no siempre tenemos ese anhelo de unión con Cristo, ni la devoción que amerita la Sagrada Comunión.  Por eso hay que pedirle siempre a la Santísima Virgen que prepare nuestro corazón para recibir a su Hijo, que nos consiga ese anhelo de unión con su Hijo. 

Ella fue el primer tabernáculo viviente, según decía Santa Catalina de Siena.  Ella puede ayudarnos a ser también tabernáculos, lo menos indignos posible, para recibir a su Hijo en la Sagrada Comunión.

El Papa Juan Pablo II ampliaba este bello concepto un poco más:  el amén que pronunciamos al recibir la Comunión se asemeja al fiat de María en la Anunciación.  “A María se le pidió creer que quien concibió ‘por obra del Espíritu Santo’ era ‘el Hijo de Dios’ (cf. Lc. 1, 30-35) … En el Misterio Eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino” (Ecclesia de Eucaristia #55).

“¿Cómo imaginar los sentimiento de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Ultima Cena:  ‘Este es mi Cuerpo entregado por vosotros’"? (Lc. 22, 19). 

María

Aquel Cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales ¡era el mismo Cuerpo concebido en su seno!” (Ecclesia de Eucaristia #56).

De nuevo:  para evitar caer en la rutina y en la actitud de derecho adquirido,  pedimos a la Virgen -que conoce bien lo que fue recibir a su Hijo, primero en la Encarnación, luego en la Eucaristía- que suscite en nosotros estos sentimientos de asombro, de reverencia y de profundo agradecimiento ante tan inefable privilegio.

Recibir la Comunión significa entrar en unión.  No significa nada más que Jesús viene a nosotros:  implica una relación de unión.  Por tanto, ese deseo de Cristo unirse a nosotros requiere nuestra respuesta:  debemos darnos a El como El se da a nosotros.

Uno de los Padres de la Iglesia, San Cirilo de Jerusalén, nos regala una imagen eucarística que puede ayudarnos a apreciar y tomar conciencia de lo que significa Comunión:  si vertimos cera derretida sobre cera derretida, una inter-penetra a la otra de manera perfecta.  Así es la unión de Cristo con nosotros y de nosotros en Cristo cuando comulgamos.

Como las imágenes nos ayudan a imaginar lo inimaginable, otra imagen que puede servir es la de la llama de dos velas unidas, las cuales se confunden en una sola.

Hay una idea algo controvertida que trataremos de aclarar hasta dónde nos sea posible sobre la Santísima Trinidad y la Eucaristía, para extraer de ésta todo el provecho espiritual que podamos.

Ya hemos visto que místicos como el Padre Pío y Santa Teresita percibían a la Trinidad, la Virgen y toda la Corte Celestial en la Comunión.  Vamos a tratar de analizar esto teológicamente, porque la Comunión nos invita a ser morada de la Santísima Trinidad, a tener una relación con cada una de las Tres Divinas Personas:

“Si alguien me ama … mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn. 14, 23).

Sólo Cristo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, se hizo carne y asumió nuestra naturaleza humana.  Así que en la Comunión sólo Cristo está presente sacramentalmente, es decir bajo las especies de pan y vino.

Santísima Trinidad

El Padre y el Espíritu Santo no están presentes sacramentalmente, pero sí están real y verdaderamente presentes junto con Cristo, debido a la perfecta unión de la Trinidad.

Los Teólogos usan muchos términos para tratar de clarificar el dogma de la Trinidad:  persona, hipóstesis, relación, procesión, circumincesión, etc.)

Pero el Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que no puede haber una explicación plena porque todos los argumentos y términos  no bastan, para explicar “un Misterio inefable, infinitamente más allá de todo lo que podemos concebir según la medida humana” (CIC #251). 

Con esta salvedad en mente, el Catecismo continúa más adelante, refiriéndose a la unidad Trinitaria:  “A causa de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre; todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo” (CIC #255).

Se está refiriendo el Catecismo a la presencia mutua de las Tres Divinas Personas en cada una:  cada una es presente en cada otra, sin dejar de ser distintas.  Esto se llama en Teología el principio de la circumincesión o pericóresis:

Los tres se inhabitan. Donde está el Padre están los otros Dos, y así con cada uno.  Los Unos están en el Otro y viceversa el Otro con cada Uno.

La idea no es aprender nombres teológicos raros y difíciles, sino demostrar que es un principio teológico establecido que hasta tiene un nombre.  Pero también porque los nombres raros, así como las imágenes, pueden ayudarnos a fijar en nuestra mente conceptos inspiradores de devoción, que luego pueden pasar a nuestro corazón.

Todo esto para decir que cuando recibimos a Cristo sacramentalmente, el Padre y el Espíritu Santo se hacen presentes con El, no sacramentalmente –es cierto- pero sí de manera verdadera, completa y sustancial, debido a que donde está Una de las Personas de la Santísima Trinidad, están las otras Dos.

Por eso, los Místicos sienten a la Santísima Trinidad cuando reciben la Comunión.

En la Comunión recibimos precisamente lo que seremos por toda la eternidad, cuando seamos llevados al Cielo y participemos, junto con toda la muchedumbre celestial, de la Cena del Cordero.  En la Comunión ya estamos en el “Banquete Celestial”  (Lc. 14, 15).  “Estoy a la puerta y llamo.  Si alguno escucha mi voy y me abre, entraré en su casa y comeré con él y él conMigo”  (Ap. 3, 20).

Mientras mejor preparados estemos para la Misa, más gracias recibimos.  Las gracias de una sola Misa son ¡infinitas! … es toda la gracia del Cielo.  El único límite es nuestra capacidad para recibirlas.

 

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