Domingo 4 del Tiempo Ordinario - Ciclo "B" -
1 de Febrero de 2015 -

La Primera Lectura del Deuteronomio nos habla de la promesa que Yahvé hizo al pueblo prometiéndole profetas que les dirían lo que El les mandara a decir.  Nos dice esta lectura que el pueblo había pedido a Dios que no quería volver a oír su voz.  Por eso, “en aquellos días, habló Moisés al pueblo, diciendo: ‘El Señor Dios hará surgir en medio de ustedes, entre sus hermanos, un profeta como yo. A él lo escucharán” (Dt. 18, 15-20).  Así lo prometió Dios a Moisés y así fue con toda la serie de profetas de los cuales leemos en el Antiguo Testamento (escritores y no escritores, mayores y menores), que sucedieron a Moisés, hasta que  llegó “el Profeta”, que no es otro sino el mismo Dios hecho Hombre: Jesucristo.

Profeta es quien dice al pueblo de Dios lo que Dios quiere que se le diga.  Profeta no es simplemente quien habla de Dios; es, más bien, quien habla en nombre de Dios y bajo su inspiración. El profeta es a la vez receptor y transmisor: recibe la palabra de Dios y la transmite.  Se dice que el profeta es “boca de Dios”, pues el profeta habla con su boca la palabra de Dios.

Ahora bien, Jesucristo es la Palabra misma; es decir, Jesucristo es la expresión de Dios para nosotros los seres humanos.  De allí que Jesús, al comenzar a predicar y a actuar, sorprendiera a la gente de su época.  Nos dice el Evangelio de hoy que, al enseñar,“sus oyentes quedaron asombrados de sus palabras”.   Y al expulsar un demonio, “todos quedaron estupefactos... y decían ‘este hombre sí tiene autoridad pues manda hasta a los espíritus inmundos y éstos le obedecen’” (Mc. 1, 21-28).  Jesucristo era el Profeta que, además de hablar en nombre de Dios y de enseñar con autoridad, también expulsaba a los demonios.

Sobre la lucha contra los espíritus malignos es importante tomar en cuenta algunas recomendaciones.  Como el Demonio y los demonios están siempre al acecho para hacer caer a los seres humanos en el pecado y para hacerlos andar por el camino que lleva a la condenación, debemos recordar que Jesucristo nos habla de la importancia de la vigilancia.

Y el medio más eficaz de vigilar, para impedir que el mal se acerque a nosotros es vigilar en oración, llenando así nuestro corazón de Dios que es Quien expulsa el Mal.  Así el Enemigo no podrá encontrar sitio en nuestro corazón.  Y no tiene sitio allí si la persona está bien unida a Dios. 

¿En qué consiste esa unión con Dios?  Consiste en aceptar la Voluntad de Dios y renunciar a la propia voluntad.  Consiste en aceptar los deseos de Dios y renunciar a los propios deseos.  Consiste esa unión con Dios en aceptar la forma de pensar y de ser de Dios y renunciar a las propias formas de pensar y de actuar.  Y esto es así, porque quien está unido a Dios de esa manera es fuerte con la fortaleza misma de Dios.  Esta es la vigilancia que nos pide el Señor.

Volviendo a la Primera Lectura, es lamentable que el vocablo “profeta” sea tomado para referirse a quien predice el futuro.  Ciertamente el profeta puede hablar del futuro, si Dios así lo desea.  Pero el mensaje profético incluye muchísimo más que eso. “La palabra del profeta edifica, exhorta y consuela” (1 Cor. 14, 3).

El mensaje del profeta suele ser exigente, pues recuerda con claridad los compromisos de la humanidad para con Dios.  Es inflexible con el pecado, especialmente con la idolatría.  El mensaje profético también es consolador, pues reconforta y reanima al pueblo de parte de Dios, y descubre la esperanza en medio de la oscuridad.  También suele ser un mensaje edificante, pues enseña y corrige; educa y forma, además de sanar y purificar, y de llamar a la conversión.

El profeta no se hace a sí mismo, sino que es Dios Quien lo escoge.  Es Dios Quien tiene la iniciativa y domina a la persona del profeta.  Y suele Dios llamar al profeta de una manera irresistible y hasta seductora.  Eso lo supo Jonás, a quien vimos en las lecturas de la semana pasada en medio de  una tormenta y luego en el vientre de una ballena, hasta que se decidió a predicar lo que Dios le había indicado.

He aquí lo que dice el profeta Amós sobre el llamado de Dios al profeta: “Así como nadie queda impertérrito al oír el rugido del león, así también nadie se negará a profetizar cuando escucha lo que le habla el Señor” (Am. 3, 8).   Y Jeremías: “Me has seducido, Yavé, y me dejé seducir.  Me hiciste violencia y fuiste el más fuerte... Sentí en mí algo así como un fuego ardiente aprisionado en mis huesos, y aunque yo trataba de apagarlo, no podía” (Jer. 20, 7 y 9).

¿A quiénes escoge Dios como profetas?  Por supuesto, a quienes El quiere.  Pero incluye a toda clase de personas: hombres y mujeres, ricos y pobres, adultos y adolescentes, y aún desde el seno materno.  “Antes de formarte en el seno de tu madre, ya te conocía; antes de que tú nacieras, yo te consagré, y te destiné a ser profeta de naciones” (Jer. 1,5).

Al principio de la Historia de la Salvación, Dios guía a su pueblo mediante los Patriarcas que son también profetas, pues reciben instrucciones de Él para su pueblo.  Tal es el caso de Abraham y también de Moisés, quien es considerado como un auténtico profeta, además de ser patriarca. 

Luego viene la época de los Jueces, que no eran jueces como los conocemos hoy -personas que dirimían problemas de justicia- sino más bien guías y gobernadores del pueblo escogido.  Samuel fue el último y más grande gran Juez de Israel.  De él leíamos hace dos domingos, cuando recibió la palabra de Dios, Quien le dio la misión de hablar en su nombre.  Es decir, Samuel también fue profeta.

Luego viene la época de los Reyes, en la cual los tres ejes de la sociedad israelita son el Rey, el Sacerdote y el Profeta.  Surge, entonces, la época del profetismo.  Los profetas iluminan a los Reyes.  Tal es el caso de Natán, Gad, Eliseo, muy especialmente Isaías y por momentos Jeremías.  A ellos les tocaba decir si la acción emprendida era la deseada por Dios y si calzaba dentro de sus planes.

Llega un momento en que se interrumpe el profetismo (cfr. 1 Mac. 4, 46 y Sal. 74, 39).   Comienza entonces el pueblo de Israel a vivir en la espera del “Profeta” prometido.  De allí el entusiasmo que suscitó San Juan Bautista, quien es el último de los Profetas del Antiguo Testamento, pues, aunque el relato de su vida y de su predicación esté recogido en el Nuevo Testamento, él es anterior a Cristo, es quien prepara el camino a Jesús.

Ahora bien, la misión del profeta es más bien ingrata, pues la palabra de Dios suele ser un estorbo para todos: para reyes, príncipes, autoridades, sacerdotes, falsos profetas y para el pueblo en general.  De allí que muchos profetas se resisten a ejercer su función.  Pero Dios no se arrepiente e insiste.  Lo vimos con Jonás.  Cuando Moisés se resiste, sus excusas de nada le valen (Ex. 3, 11-12).  Tampoco las de Jeremías (Jer. 1, 6-7).

De allí, también, que los profetas tenga sus crisis de depresión y de rebeldía.  Tal es el caso de Jonás después de la conversión de Nínive (Jon. 4).  También Moisés (Núm. 11, 11-15) y Elías (1 Re.19, 4).  Jeremías llega a quejarse amargamente y casi abandona su misión (Jer. 15, 18 s; 20, 14-18).    También Ezequiel (Ez. 3, 14s).

Los profetas casi nunca ven el fruto de su misión.  La predicación de Isaías más bien endurece al pueblo (Is. 6, 9; Mt. 13, 14-15).  Sin embargo, el profeta deberá hablar en nombre de Dios así lo escuchen o no (Ez. 2, 5-7 y 3, 11-21).

Vemos, entonces, cómo el carisma de profecía es un carisma de revelación, por el que Dios da a conocer a los seres humanos lo que no podríamos descubrir con nuestros limitados recursos humanos.  Como todo carisma, el de profecía también es para el bien de la comunidad y para levantar la fe del pueblo de Dios o de un sector del pueblo de Dios.  Es así como el profeta se salva cumpliendo su misión de profetizar y cumpliendo también el mensaje que Dios da a través suyo. Y el pueblo de Dios se salva escuchando lo que dicen los profetas y cumpliendo las indicaciones que Dios da a través de ellos.

¿Ha habido profetas después de Cristo?  ¿Existen profetas en nuestros días?  Santo Tomás de Aquino tiene esto que decir al respecto:  “En todas las edades los hombres han sido instruidos divinamente en materias referentes a la salvación de los elegidos ... y en todas las edades han habido personas poseídas del espíritu de profecía, no con el propósito de anunciar nuevas doctrinas, sino para dirigir las acciones humanas”  (Summa 2:2:174:Res. et ad 3).

“El profetismo no se extingue con la edad apostólica (con los Apóstoles).  Sería difícil comprender la misión de muchos santos en la Iglesia sin observar en ellos el carisma profético.  ‘Las profecías desaparecerán un día’,  explica San Pablo (1 Cor. 13, 8).  Pero esto será al fin de los tiempos.  “La venida de Cristo a acá, muy lejos de eliminar el carisma de profecía, provocó su extensión, la cual había sido predicha: ‘Ojalá todo el pueblo fuera profeta’, era el deseo de Moisés (Núm. 11, 29).” (X.León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica).

Y el Papa Juan Pablo II nos dejó dicho lo siguiente respecto del profetismo en nuestros días: “El Espíritu Santo derrama una gran riqueza de gracias... Son los carismas.  También los laicos son beneficiarios de estos carismas... como lo atestigua la historia de la Iglesia”  (JP II, Catequesis del Miércoles 9-3-94).  “Conviene precisar con palabras del Concilio la naturaleza del profetismo de los laicos... no sólo de un profetismo de orden natural... Más bien es cuestión de un profetismo de orden sobrenatural, tal como se nos presenta en el oráculo de Joel (3,2), ‘En los últimos días ... profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas’ ... para hacer vibrar en los corazones las verdades reveladas” (JP II, Catequesis del Miércoles 26-1-94).

Es decir, la función principal de los profetas posteriores a Cristo es recordar las verdades reveladas y la doctrina y enseñanzas de la Iglesia de Cristo.   Ejercen su misión profética, nos dice el Concilio Vaticano II, “en unión con los hermanos en Cristo, y sobre todo con sus pastores, a quienes toca juzgar la genuina naturaleza de tales carismas y su ordenado ejercicio, no, por cierto, para que apaguen el Espíritu, sino con el fin de que todo lo prueben y retengan lo que es bueno (cf. 1 Tes. 5, 12.19.21).

 

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