Domingo 12 del Tiempo Ordinario-Ciclo "A">
25 de Junio de 2017 -

Las Lecturas de este Domingo nos hablan de la persecución a la cual puede estar sometido el cristiano que sigue a Cristo y da testimonio de El ...  como El nos lo pide.  Sin embargo la idea de persecución permanece un poco oculta en estas Lecturas si no leemos los versículos del Evangelio de San Mateo, que aparecen inmediatamente antes de los que nos presenta la Liturgia de hoy.

Asimismo, hemos visto que la Primera Lectura es tomada del Libro del Profeta Jeremías (Jr. 20, 10-13).  Y ¿quién fue Jeremías?  Fue quizá el Profeta más sufrido, de carácter tímido y manso, que prefería la vida tranquila.  Pero Dios lo escogió para llevar su mensaje a un pueblo rebelde.  Esto le trajo a Jeremías muchos enfrentamientos, luchas y persecuciones de parte de ese pueblo.

Fijémonos lo que dice el Profeta sobre sí mismo y sobre esta situación:  “Yo oía el cuchicheo de la gente que decía:  ‘Denunciemos a Jeremías, denunciemos al profeta del terror ... para podernos vengar de él ...Todos los que eran mis amigos espiaban mis pasos, esperaban que tropezara y me cayera”.   Sin embargo Jeremías se mantuvo firme ante la llamada del Señor y se sometió a todos los riesgos y a todas las persecuciones, pues confiaba plenamente en Dios.

Así continúa el Profeta:  “Pero el Señor, guerrero y poderoso, está a mi lado.  Por eso mis perseguidores no podrán conmigo ... El ha salvado la vida de su pobre de la mano de los malvados”.

Este testimonio del Profeta Jeremías sirve de aliento para aquéllos que hemos sido llamados al servicio de Cristo; es decir, todos los bautizados.  Cristo tuvo sus discípulos:  al comienzo hubo 72.  De entre esos 72 escogió a los 12 Apóstoles.  ¿Quiénes son sus Apóstoles hoy?  El Papa, los Obispos, los Sacerdotes.  ¿Y quiénes somos sus discípulos hoy?  Pues todos los bautizados, todos los laicos que desean seguir a Cristo.

Y a todos nosotros, Sacerdotes y Laicos, el Señor nos anuncia persecuciones.  Nos guste la palabra o no, el hecho es que Cristo no nos ofrece a sus seguidores una vida cómoda y libre de vicisitudes y sufrimientos.  Muy por el contrario:  las Lecturas de hoy -y muchas otras de la Sagrada Escritura- así nos lo indican.

También el Salmo 68 que hoy hemos rezado se refiere a persecuciones y desprecios:  “Por ti he sufrido oprobios, y la vergüenza cubre mi rostro.  Extraño soy aun para aquéllos de mi propia sangre, pues me devora el celo de tu casa”.   El “celo de tu casa” es el impulso que el verdadero seguidor de Cristo tiene para defender la Palabra de Dios y para llevarla a quien desee escucharla.

Veamos el Evangelio de hoy, pero también los versículos que lo preceden (Mt. 10, 17-23).   Por cierto el sub-título que trae la Biblia Latinoamericana es elocuente:  “Los testigos de Jesús serán perseguidos”.

El Señor comienza por anunciar persecuciones de parte de los gobernantes.  Nos dice que no nos preocupemos cuando se nos juzgue, pues “no van a ser ustedes los que hablarán, sino el Espíritu de su Padre hablará por ustedes”.   Luego pasa a anunciar la persecución de que seremos objeto por parte de los nuestros, de nuestra propia familia.  Y termina sentenciando: “A causa de mi Nombre, ustedes serán odiados por todos, pero el que se mantenga firme hasta el fin se salvará”.\

El Evangelio de hoy nos llama a la valentía y al abandono en Dios cuando la evangelización, la predicación de su mensaje, se haga difícil y riesgosa.  No podemos arredrarnos en los momentos de dificultad que puedan presentarse en la tarea de la evangelización.  “No tengan miedo”, nos dice el Señor, “porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo”.

La recompensa será grande para los que no temamos y hagamos lo que Cristo hizo y lo que nos pide a todos:  “A quien me reconozca delante de los hombres, Yo también lo reconoceré delante de mi Padre que está en los Cielos”.   Y el riesgo es grande también:  “Al que me niegue delante de los hombres, Yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los Cielos”.

Las palabras del Señor son, entonces, muy claras:  como seremos objeto de persecución por dar testimonio de Cristo, El nos recomienda -y así comienza el Evangelio de hoy- que no temamos a los hombres, que no tengamos miedo de predicar, de pregonar todo lo que El nos ha enseñado y nos ha pedido.

Nos dice que no nos preocupemos por las persecuciones.  Que nos fijemos los pájaros que vuelan:  ni uno solo cae a tierra si no lo permite el Padre Celestial.  Que en cuanto a nosotros, el Padre nos tiene tan cuidados y vigilados que cada cabello de nuestra cabeza está contado.  Nos recuerda que nosotros valemos muchísimo más que todos los pájaros del mundo.

Y nos repite que no temamos a lo que los hombres nos pueden hacer, que éstos sólo pueden matar el cuerpo.  Pero que a los que sí hay que tenerles miedo es a los que pueden arrojar al lugar de castigo al alma y al cuerpo.

Y ¿quiénes son ésos?  No son los hombres.  Son los demonios, a ésos sí hay que temer.   Hay que estar bien en guardia contra el Demonio y sus secuaces que continuamente nos tientan, buscando apartarnos del Camino y llevarnos a la condenación eterna.

Y ¿cómo nos ponemos con guardia contra éstos?  Pues, a través de la oración frecuente y asidua, y recibiendo con frecuencia los Sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Confesión.

La Bienaventuranza “Bienaventurados los perseguidos a causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos”  muchas veces se malinterpreta, y se piensa que se refiere a los que se les sigue juicio o están en las cárceles justa o injustamente.  Pero se olvida que “justicia” en el contexto bíblico significa “santidad”;  no significa justicia como se entiende hoy en día esta palabra.(*)

Así que esta bienaventuranza sobre los perseguidos a causa de tratar de ser santos, de tratar de seguir a Cristo, viene a corroborar este trozo del Evangelio de San Mateo y la suerte del Profeta Jeremías.  Fijémonos que esta Bienaventuranza es la última de todas y es la única que el Señor explica con más detalles.

Así continúa el texto -también de San Mateo-  “Dichosos ustedes cuando por causa mía los maldigan, los persigan y les levanten toda clase de calumnias.  Alégrense y muéstrense contentos, porque será grande la recompensa que recibirán en el Cielo.   Pues bien saben que así trataron a los Profetas que hubo antes que ustedes.”  (Mt. 5, 10-11).

El Señor, entonces, no nos promete un camino fácil.  No nos promete éxitos y triunfos, sino que nos anuncia el mismo camino de El:  contradicciones, odios, calumnias, persecuciones, etc.  En realidad, si vemos bien el Camino de Cristo, si vemos bien cómo llegó hasta la muerte en cruz, el ser perseguidos por su causa es signo evidente de que vamos por su Camino, no por el nuestro; es signo de que lo vamos siguiendo a El, como El nos lo pidió.  “El que quiera seguirme ... tome su cruz y me siga”  (Mt. 16, 24).

Sin embargo la bienaventuranza de los perseguidos no significa que no sintamos dolor, que no podamos asustarnos en algún momento.  El Señor no nos pide que llamemos gozo a lo que es dolor, ni nos pide que seamos indiferentes hasta el punto de no sufrir nada.  El Señor lo que nos dice es que confiemos que el Padre nos cuida directamente ... a tal punto que ¡hasta tiene contado cada cabello de nuestra cabeza!

 

Esa confianza nos hará fuertes en las luchas y en las persecuciones.  Por eso hemos rezado en el Salmo 68:  “Quienes buscan a Dios tendrán más ánimo, porque el Señor jamás desoye al pobre”.   Es decir el Señor cuida de aquél que no pone su confianza en sí mismo, sino que confía sólo en El.  ¡Eso es ser pobre ... pobre de espíritu!   Confiando así, sabiéndonos en sus Manos, Dios cambiará el temor en valentía y la debilidad en fortaleza.

San Pablo, en su Carta a los Romanos que hemos leído como Segunda Lectura (Rom. 5, 12-15),  nos recuerda que “por el don de un solo hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos la abundancia de la vida y la gracia de Dios”.

Ese desbordamiento de la gracia de Dios es el premio seguro que el Señor ofrece a quienes nos entreguemos a El para llevar su Palabra a donde El lo requiera y a quien El disponga -sin importarnos el riesgo que esto pueda significar.  Y ese premio que El nos promete es nada menos que el Reino de los Cielos, la Vida Eterna en gloria con El, para siempre.

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(*)  ¿Qué es la santidad?  ¿Cuál es la Voluntad de Dios para mí?  El llamado a la santidad y el seguimiento de la Voluntad de Dios son cuestiones íntimamente relacionadas entre sí y son dos asuntos claves para el Cristiano seguir el Camino de Cristo.  Pero resultan muchas veces confusas y oscuras estas dos cosas.  Por esto, debemos reflexionar siempre en qué consiste ser santos:  tratar de ser santos es tratar de seguir la Voluntad de Dios para nuestra vida.  Y ¿en qué consiste esto?  Consiste en dejar de tener voluntad propia, planes y rumbos propios, criterios y pretensiones propias ... para asumir lo que Dios quiere para mí.  Dejarnos hacer santos -dejarnos santificar- es renunciar a nuestra propia voluntad y asumir la Voluntad de Dios como propia.  Es dejar que Dios sea Quien haga, Quien muestre su plan, Quien indique rumbos, Quien proponga criterios, etc.    Es “flotar” y no “nadar”.  Debemos tener siempre presente que la Voluntad de Dios es el plan perfecto de Dios para santificar a cada uno de nosotros.

 

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