Domingo 14 del Tiempo Ordinario - Ciclo "B" -
5 de Julio de 2015 -

“Nadie es profeta en su tierra”. Esta sentencia que ya pertenece al léxico popular nos viene nada menos que de Jesucristo. A El le sucedió exactamente eso: no fue aceptado en su tierra. Después de haber predicado unas cuantas cosas en varios sitios y después de haber realizado unos cuantos milagros por aquí y por allá en Galilea, Jesús decide volver a Nazaret.

Nazaret era el pueblo de su Madre, donde El era bien conocido, el sitio donde había crecido, donde había vivido y trabajado, en el cual tenía su casa, sus parientes, etc. Y, como era su costumbre, nos dice el Evangelio de hoy (Mc. 6, 1-6), un Sábado entró en la Sinagoga de Nazaret y se puso a enseñar.

El pasaje de San Marcos no nos informa qué fue lo que enseñó ni qué lectura fue la que hizo. Pero San Lucas, sí (Lc. 4, 16-30). Nada menos y nada más, Jesús leyó del libro de Isaías el anuncio del Mesías y su misión (Is. 61, 1-2): “El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque me ha ungido...”. Y, al terminar la lectura, enrolló el libro, lo devolvió al ayudante, se sentó y cuando todo el mundo “tenía los ojos fijos en El”, remató diciendo: “Hoy se cumplen estas profecías que acaban de escuchar”, lo cual equivalía a decir: “Miren: el Profeta Isaías se está refiriendo a mí”.

¡Imaginemos la impresión de los presentes! Nos dicen los Evangelios que la gente estaba de acuerdo con lo que decía y se impresionaba por la sabiduría de sus enseñanzas. Pero además de eso, porque ¡claro! venía respaldado de los milagros que había hecho en otros sitios.

Entonces se preguntaban los que lo estaban oyendo: “¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros?” Y como era muy conocido “estaban desconcertados”. Comentaban: “¿Pero no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí entre nosotros sus hermanas?” Definitivamente no les cabía en la cabeza que uno de allí mismo pudiera saber tanto... ¡mucho menos ser el Mesías esperado

Aquí es obligante el paréntesis sobre la palabra “hermanos” y “hermanas”, término que significaba no solamente hermanos como los entendemos nosotros en nuestro lenguaje actual, sino que incluía también a primos y parientes. Los Católicos sabemos que, a pesar de todo lo que puedan decir los no-Católicos, Jesús fue el único Hijo de María. (*)

Al ver los ataques contra Dios, contra Cristo, contra la Verdad, contra la Iglesia, y al ver los problemas causados por algunos miembros de la Iglesia, podemos darnos cuenta de por qué el Señor prometió que estaría con su Iglesia hasta el fin de los tiempos, como podemos ver en el Evangelio de la Fiesta de San Pedro y San Pablo el 29 de junio.

La Iglesia no está libre de dificultades. Recordemos las palabras de Cristo a Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra (roca) edificaré mi Iglesia y el poder del Infierno no la derrotará”. Estas palabras del Señor nos indican que la Iglesia iba a estar sometida a muchas pruebas y ataques durante su peregrinar aquí en la tierra. Así ha sido y seguirá siendo.

Y la Fe está siendo atacada desde las sectas y desde los errores y herejías del New Age o Nueva Era, con los que se pretende destruirla, al presentar errores como aparentes verdades, engañando a muchos católicos. Pero tenemos la seguridad del Señor de que el poder del Mal no podrá vencer a su Iglesia.

La Iglesia no es perfecta aún, pues se mezcla su realidad humana (pecadora) con su realidad divina, como dolorosamente estamos pudiendo notar especialmente en nuestros días.

La Iglesia sólo será perfecta -nos dice el Nuevo Catecismo- en la gloria del Cielo, cuando Cristo vuelva glorioso a establecer su Reinado definitivo, a establecer los Cielos nuevos y la tierra nueva: la Jerusalén Celestial; es decir, la morada de Dios en medio de los hombres.

Pero volvamos a la Sinagoga de Nazaret. Jesús responde a los que estaban allí: “Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa”. Así es... y así fue también para el Ungido de Dios, el Mesías prometido, el Hijo de Dios hecho Hombre. Y aunque hubiera querido, nos dice el Evangelio, “no pudo hacer allí ningún milagro”.

Venía del norte, de Cafarnaún donde, entre otros milagros, había vuelto a la vida a la hija del Jefe de la Sinagoga. Pero aquí en su Nazaret, “sólo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos, y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente”.

Es justamente la incredulidad de los paisanos de Nazaret lo que le impide obrar grandes milagros como los que hizo en otras partes, porque Dios usa su Omnipotencia en favor de los que creen. “Tu fe te ha salvado” (Mt. 9, 20-22) solía decir a los que curaba. O “basta que creas” (Lc. 8, 40-50). En Nazaret, entonces, se limitó a ayudar a los pocos que tenían fe.

Por eso es que unos se salvan y otros no. Jesús quiere salvar a todos, pero unos lo reconocen como Salvador y otros no. Unos se dejan salvar y otros no.

Y esto es así porque, para aprovechar las gracias divinas tenemos que estar dispuestos a recibirlas. De otra manera –por decirlo de una forma gráfica- es como si esos auxilios divinos que son las gracias “resbalaran” sobre nosotros y no “entraran” a nuestro ser.

El no tener fe, el no creer en Dios, el no aceptar su Omnipotencia, el no tener confianza en sus decisiones, el no aceptar su Voluntad, es como si nos hiciéramos impermeables a la Gracia (que es Dios mismo) y a sus gracias, que son los auxilios divinos que están a nuestra disposición en todo momento.

Bien lo dice Mons. Juan Bautista Castro, el Arzobispo de Caracas, quien hizo la primera Consagración de Venezuela al Santísimo Sacramento del Altar, a fines del siglo 19, por lo cual este país es la “República del Santísimo Sacramento”: “En la Santa Hostia está el Dios que derrama sus beneficios sobre la humanidad, el Dios que salva a las almas que aprovechan los beneficios y las gracias de su Redención”.

La Primera Lectura (Ez. 2, 2-5) nos recuerda también la incredulidad del pueblo de Israel frente al profeta Ezequiel. A Ezequiel le tocó anunciar cosas muy duras y dichas duramente al pueblo de Israel, entre otras, la destrucción de Jerusalén en castigo de sus pecados. Dios conoce la rebeldía de ese pueblo, y así le dice a Ezequiel: “Te envío a los israelitas, un pueblo rebelde que se ha sublevado contra Mí y que me ha traicionado”.

Y ... ¿no estaremos nosotros, la Iglesia de Cristo, el pueblo de Dios de hoy, igual que al de ayer?

¿Dónde ha quedado la fe firme en Dios, en Cristo, en su Iglesia?

¿Dónde ha quedado la fidelidad a toda prueba de sus ministros?

¿Dónde ha quedado el amor a Dios sobre todas las cosas?

¿Dónde ha quedado el amor que nos debemos unos a otros?

¿No estaremos siendo rebeldes y traicionando a Dios, también?

¿No podría hoy decirnos Dios lo mismo que dijo ayer por boca de Ezequiel:

“Por todo el territorio las ciudades serán arruinadas y arruinados los altares y los ídolos, aniquiladas las obras de ustedes. Los muertos yacerán en medio de ustedes y sabrán que Yo soy Yavé.... Así habla Yavé: Desgracia grande. Ya viene el fin. Ya se acerca el fin ... Te juzgaré según tus obras y te pediré cuenta de todas tus maldades ... porque tus pecados estarán a la vista ... Ya llega tu día ... Florece la injusticia, el orgullo da sus frutos y la violencia reina para imponer el mal ... Sin embargo quedará un resto de ustedes ... se acordarán entonces de Mí ... Yo ablandaré su corazón traidor que se apartó de Mí” (Ez. 6).

“Yo los liberaré de todos los pecados que cometieron y los purificaré. Serán mi pueblo y Yo seré su Dios ... Observarán mis leyes y guardarán mis mandamientos, y los pondrán por obra ... Junto a ellos tendré mi morada; Yo seré su Dios, y ellos serán mi Pueblo ... Conocerán que Yo soy Yavé, el que santifica a Israel, cuando mi santuario esté en medio de ellos para siempre” (Ez. 37, 21 ss).

Y, a pesar de las rebeldías y las traiciones, Dios sigue enviando gracias y favores, Dios sigue enviando sus profetas para iluminar a su Pueblo, para alertarlos contra el pecado. Lo hizo ayer con el pueblo de Israel, pero continuaban en su obcecación.

Por eso le dice Dios a Ezequiel al final de la Primera Lectura de hoy: “A ellos te envío para que les comuniques mis palabras. Y ellos, te escuchen o no, sabrán que hay un profeta en medio de ellos”.

En la Segunda Lectura de hoy (2 Cor. 12, 7-10) San Pablo nos habla de aquella espina que tenía clavada en su carne, aquella tentación con la que “un enviado de Satanás”, lo humillaba, espina que es causa también de muchas gracias, gracias especiales, gracias siempre presentes, con las que podemos sobreponernos a las tentaciones, sobre todo cuando sabemos que somos débiles y que en esa debilidad Cristo es nuestra fortaleza.

Ante la petición de San Pablo a Dios para que le quitara esa “espina”, el Señor le responde: “Mi gracia te basta, porque mi poder se manifiesta en la debilidad”.

Es así como el Apóstol nos enseña a gustar de las debilidades, de los insultos, de las persecuciones y dificultades –incluso de las tentaciones, que son persecuciones del demonio- inconvenientes todos que, sufridos en Cristo, pueden tornarse en fortaleza. Porque, al reconocernos débiles, Cristo pasa a ser de inmediato nuestra fortaleza. De allí que San Pablo puede proclamar: “Cuando soy más débil, soy más fuerte”.

(*) Sin embargo, los enemigos de Dios y de la Iglesia Católica no cesan de atacar nuestras creencias, nuestros dogmas de fe, el Magisterio de la Iglesia, en fin, no cesan de atacar la Verdad, en todas las formas posibles: reales e imaginarias, verdaderas o falsificadas.

Tal es el caso de un osario de un supuesto “hermano de Jesús” con el nombre de Santiago, que fue divulgado en las noticias a finales del año 2002. La inscripción que portaba el pequeño sarcófago de huesos resultaba prácticamente determinante para demostrar que Jesús no fue el único Hijo de San José y la Virgen María.

¿Cuál fue el resultado de las investigaciones? Que el osario era verdadero, pero que la inscripción era forjada. (Para mayor información ver a continuación en recuadro la noticia de Agencia Aciprensa del 19-6-03).

Entonces debemos saber que, a pesar de todo lo que pretendan demostrar aun con falsificaciones arqueológicas, como ha resultado ser este caso, Jesús es el Hijo de Dios, y el único hijo de María, y su Encarnación en el seno virginal de su Madre, fue obra del Espíritu Santo. San José fue el padre terrenal, custodio del Salvador del Mundo, que Dios puso como jefe de la Sagrada Familia.


Arqueólogos descartan que osario hallado
sea del Apóstol Santiago


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