Domingo 17 del Tiempo Ordinario - Ciclo "B" -
26 de Julio de 2015 -

Entre los milagros de Jesús que deben haber impresionado más, sin duda se destaca el de la multiplicación de los panes y los peces (Jn. 6, 1-15).   Tanto así, que nos dice el Evangelio que tuvieron la intención de llevarse a Jesús para proclamarlo rey.  Pero el Señor, al darse cuenta de las intenciones que tenían, se escapó hacia la montaña.

¡Cómo habría sido ese acontecimiento!  Una multitud de unas quince mil personas (nos dice el Evangelio que eran como cinco mil hombres) seguía a Jesús para escuchar sus enseñanzas.  Llega la hora de comer, y con sólo cinco panes y dos pescados el Señor va repartiéndolos y saca comida para saciar a toda esa multitud... y  todavía quedaron sobras.

¿De dónde salieron los cinco panes y los dos pescados?  Había un chico entre los presentes que los llevaba consigo.  Por cierto –si leemos el texto bien- no fue como últimamente algunos aducen:que el milagro consistió en que Jesús de alguna manera inculcó solidaridad entre los presentes y éstos compartieron entre ellos las provisiones que cada uno llevaba.  ¡Peligrosa para la fe esta insistencia en rebajar lo extraordinario y sobrenatural en la vida y milagros de Jesús!

Esta es una corriente de pensamiento teológico reciente que, según nos dice el Papa Benedicto XVI en el prólogo de su libro Jesús de Nazaret, “es dramática para la fe”.  ¡Así de grave!  Y Benedicto hace el esfuerzo de escribir esos tres volúmenes sobre Jesús, con toda la carga que implicaba su pontificado, para enfrentar justamente esta corriente tan peligrosa que pretende dejarnos sólo con los datos no sobrenaturales de la vida de Jesús.  Benedicto dice que en los tres volúmenes que escribió al respecto, él trata de presentarnos “al Jesús de los Evangelios como el verdadero ‘Jesús histórico’”.  Y así acallar esta tendencia actual nefasta para nuestra fe en Jesús, en su Evangelio y en su contenido sobrenatural.  Como vemos, un ataque directo nada menos que a la Palabra de Dios.  ¿Y Quién es la Palabra de Dios?  Jesús mismo, Dios mismo.  Por eso Benedicto catalogó a esta corriente como “dramática para la fe”.

Ahora bien ¿podía el Señor haber sacado alimento de la nada o necesitaba el aporte del muchacho?  Dios es todopoderoso y hubiera podido alimentar a aquel gentío de la nada.  Entonces ¿qué nos quiere decir el Señor con el aporte del muchacho?

Por cierto no es éste el único pasaje en que Dios utiliza un aporte humano para remediar una necesidad.  En efecto, nos cuenta la Primera Lectura de este domingo (2 R 4, 42-44) de una situación similar.

El Profeta Eliseo recibe veinte panes y ordena a su criado repartirlo entre cien personas.  Ante la objeción del criado por lo insuficiente del alimento, Eliseo insiste aduciendo que “dice el Señor: ‘Comerán todos y sobrará’”.   Y así fue, tal como dijo el Señor.  Otro milagro de multiplicación.

En el caso de Eliseo, de veinte panes comieron cien.  En el caso de Jesús, de cinco panes y dos peces comieron unos quince mil.  Las cantidades no importan, sino como dato referencial.  Lo que importa es el milagro de la multiplicación, la providencia del Señor para con los que necesitan, y el aporte requerido para proveer en forma milagrosa.

Cabría preguntarnos, ¿por qué entonces hay tanta hambre en el mundo, si Dios es todopoderoso y puede multiplicar lo poco que los seres humanos aportemos?   Notemos que los dos milagros no se realizaron de la nada, sino a partir de insuficientes y realmente escasos comestibles.

Dios, como Omnipotente y Todopoderoso que es, podría haber alimentado a la gente de la nada.  Si nos creó de la nada, por supuesto puede alimentarnos de la nada.

Pero Dios desea nuestra participación, nuestro aporte.  Y ese aporte suele ser como el del chico: muy insuficiente, muy poca cosa, una nada. Pero Dios lo quiere y hasta lo exige para El intervenir.  Y cuando el hombre da su aporte, Dios interviene multiplicándolo.

El chico de este alimento multiplicado donó toda la comida que llevaba para él.  Fue muy generoso.  En el caso de Eliseo, fue un hombre que le llevó los primeros frutos de su cultivo.  Y nosotros... ¿damos al menos de lo que nos sobra para que Dios haga milagros con nuestros aportes?

Hay un canto popular-litúrgico que resume en sencilla poesía la generosidad del chico en la multiplicación de los panes:

Un niño se te acercó aquella tarde,
sus cinco panes te dio para ayudarte;
los dos hicieron que ya no hubiera hambre.
También yo quiero poner sobre tu mesa,
mis cinco panes que son una promesa
de darte todo mi amor y mi pobreza.

“Abres, Señor tus manos generosas y cuantos viven quedan satisfechos.  Tú alimentas a todos a su tiempo” (Sal. 144). Así hemos cantado en el Salmo de hoy.  Esta atención amorosa de Dios se denomina “Divina Providencia”, por medio de la cual Dios nos da el alimento cuando se necesita, nos da cada cosa a su tiempo, y todos quedan saciados.

Dios conoce todas nuestras necesidades mejor que nosotros mismos y se ocupará de ellas si se las dejamos a El.  Debemos estar siempre confiados en la Divina Providencia.  Nos lo muestran las Lecturas de hoy y lo hemos orado en el Salmo.  Además Jesucristo nos lo manifiesta en otros pasajes evangélicos: 

“No anden tan preocupados ni digan: ¿tendremos alimento?  ¿qué beberemos?, o ¿tendremos ropas para vestirnos?  Los que no conocen a Dios se afanan por eso, pero el Padre del Cielo, Padre de ustedes, sabe que necesitan todo eso”.  (Mt. 6, 31-32)

“Fíjense en las aves del cielo, que no siembran, ni cosechan, no guardan alimentos en graneros.  Sin embargo, el Padre del Cielo, el Padre de ustedes, las alimenta.  ¿No valen ustedes mucho más que las aves?” (Mt. 6, 26)

Pero Dios también nos pide solidaridad con los demás y el compartir de lo mucho o poco que tenemos.

Si tal vez diéramos todo nuestro amor, es decir, si amáramos a Dios sobre todas las cosas, podríamos darnos cuenta de las necesidades que requieren ser remediadas, podríamos aprender a amar, comenzaríamos a ser generosos, como el chico del Evangelio, comenzaríamos a dar de lo mucho o de lo poco que tenemos. 

Y, más allá de atender a las necesidades materiales, el amor –si es verdadero amor, si está fundado en nuestro amor a Dios- debe alcanzar también las necesidades espirituales.  Inclusive, puede “mantenernos unidos en el espíritu con el vínculo de la paz”, como nos indica San Pablo en la Segunda Lectura (Ef. 4, 1-6), de manera que “Dios, Padre de todos, que reina sobre todos, actúe a través de todos”. 

Ahora bien, para Dios actuar a través de cada uno de nosotros, cada uno debe amar a Dios.  Y amar a Dios significa buscar su Voluntad para ser y hacer como El desea.  Sólo así estaremos unidos a Dios, unidos entre sí, y sensibles a las necesidades ajenas, pendientes de ayudar a remediar las carencias de nuestros hermanos.

 

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