DOMINGO 27 del Tiempo Ordinario - Ciclo "C" -
02 de octubre de 2016 -

Las Lecturas de este Domingo contienen un llamado a la Fe, a una Fe viva... “capaz de mover montañas” ... o de mover árboles, como nos refiere el Evangelio de hoy.

En el Evangelio de hoy (Lc. 17, 5-10) los Apóstoles le piden al Señor que les aumente la Fe.  Y el Señor les exige tener al menos un poquito de Fe, tan pequeña como el diminuto grano de mostaza, para poder tener una Fe capaz de mover árboles de un sitio a otro.  Con este lenguaje, el Señor quiere indicarnos la fuerza que puede tener la Fe, cuando es una Fe convencida y sincera.

Nos indica, también, que la Fe es a la vez don de Dios y voluntad nuestra.  O como dice el Catecismo de la Iglesia Católica:  La Fe es una gracia de Dios y es también un acto humano  (cf. CIC #154).

Expliquemos esto un poco más:  La Fe es una virtud sobrenatural infundida por Dios en nosotros.  Es decir:  para creer necesitamos algo que siempre está presente:  la gracia y el auxilio del Espíritu Santo.  Pero para creer también es indispensable nuestra respuesta a la gracia divina. Y esa respuesta consiste en un acto de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad, por el que aceptamos creer.

Sin embargo hay una desviación muy marcada en nuestros días que consiste en exigir que todo sea comprobable, verificable, visible.  Por cierto, es una desviación que siempre ha estado presente.  No tenemos más que recordar a Santo Tomás.

Sucedió que este Apóstol no estuvo presente en la primera aparición de Jesús Resucitado a los demás discípulos.  Y Tomás pidió comprobación, manifestando que se negaría a creer en la Resurrección de Cristo si no metía sus dedos en las heridas de las manos y su mano en la abertura del costado de Jesús Resucitado. Sabemos lo que sucedió:  Apareció Cristo una segunda vez y reprendió fuertemente a Tomás, luego de tomarle la mano para que hiciera lo que se había atrevido a requerir. (cf. Jn. 20, 19-28)

Ahora bien, los seres humanos somos muy parecidos a Santo Tomás cuando se trata de verdades sobrenaturales:  requerimos “meter el dedo en la llaga”, sin darnos cuenta de que practicamos una fe natural que nos lleva a creer cosas para las que no requerimos comprobación.

Un ejemplo evidente de esta fe natural confiada es la aceptación de nuestros antepasados no conocidos.

¿Quién de nosotros se ha atrevido a pedir una partida de nacimiento o de defunción para estar seguro de que tal persona es nuestro abuelo o nuestra bisabuela o nuestro tío?

Existe, entonces una fe meramente humana, por la que creemos en algo que se nos dice, como podría ser una historia, un suceso que se nos relata, o un fenómeno comprobable científicamente.

Pero hablemos de la Fe con “F” mayúscula, de la Fe sobrenatural.  Esta, que es a la vez gracia de Dios y respuesta nuestra, nos lleva a creer todo lo que Dios nos ha revelado y, además, todo lo que Dios, a través de su Iglesia, nos propone para creer.

Esa Fe tiene diversas e indispensables consecuencias para nuestra vida espiritual.  La Primera y Segunda Lectura de hoy nos presentan dos consecuencias muy importantes:  la perseverancia en la Fe y la obligación que tenemos de comunicar esa Fe, a pesar de las circunstancias adversas.

En la Primer Lectura del Profeta Habacuc (Hab. 1, 2-3; 2, 2-4) vemos la preocupación del Profeta por el triunfo de la injusticia.  Es una pregunta que siempre está presente en el corazón de los seres humanos.  También otros Profetas la hicieron:  Jeremías: “¿Por qué tienen suerte los malos y son felices los traidores?” (Jer. 12, 1).

Dios es infinitamente justo.  Pero la justicia de Dios no siempre es clara.  Unos 600 años antes de Cristo, el Reino de Israel se encontraba dividido y los reyes que lo estaban gobernando eran tan malos, que la situación del pueblo era desastrosa.  Por eso el Profeta Habacuc se atreve a preguntar ¿por qué deja Yavé que triunfe la injusticia?

¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio, sin que me escuches, y denunciaré a gritos la violencia que reina? ¿Por qué me dejas ver la injusticia y te quedas mirando la opresión? Ante mí no hay más que asaltos y violencias, y surgen rebeliones y desórdenes.  Por eso la Ley está sin fuerza y no se hace justicia.  Como los malvados mandan a los buenos, no se ve más que derecho torcido” (Hab 1, 1-4).

La respuesta de Yavé es ciertamente desconcertante:  dentro de poco los Caldeos restablecerán el orden, invadiendo y saqueando todo.  Dios va a permitir la acción del mal para corregir a su pueblo escogido. (cf. Hab. 1, 5-11).

Y Habacuc vuelve a quejarse:  ¿por qué Yavé va a realizar su justicia con la invasión de los caldeos?  Y ¿por qué miras a los traidores y observas en silencio cómo el malvado se traga a otro más bueno que él?” (Hab 1, 13).

Respuesta de Yavé:  algún día se comprobará que no se trata igual a buenos y malos.  El que se mantenga fiel se salvará.  Dios pide la perseverancia en la Fe.  Le asegura que se hará justicia, pero a su tiempo.  El problema para nosotros es que el tiempo de Dios casi nunca coincide con el nuestro.

Y Dios explica algo más al Profeta Ezequiel:  “La gente de Israel dice que la manera de ver las cosas que tiene el Señor no es justa.  ¿No será más bien la de ustedes?  Juzgaré a cada uno de ustedes de acuerdo a su comportamiento.  Lancen lejos de ustedes todas las infidelidades que cometieron, háganse un corazón nuevo y un espíritu nuevo.  Conviértanse y vivirán” (Ez. 18, 29-31).

Después de la anunciada invasión, el pueblo de Israel fue desterrado a Babilonia.  Luego de un tiempo –un tiempo largo, pues fueron 70 años de exilio- se ve una nueva e imprevista intervención de Dios: “Los recogeré de todos los países, los reuniré y los conduciré a su tierra” (Ez. 36, 24).

Y eso hizo.  Porque Dios sí está pendiente.  En efecto, Yavé suscita a Ciro, Rey de Persia, para que conquiste a Babilonia y dé libertad al pueblo de Israel cautivo para que regresen a su tierra.

Pero la acción de Dios es mucho más profunda.  Lo que sucede no es una simple liberación y regreso del exilio, sino que hace efectiva la conversión del pueblo, conversión que había pedido a través de Ezequiel.  Dios purifica y transforma el corazón de su pueblo, es decir, lo hace dócil a su Voluntad:

“Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus inmundos ídolos.  Les daré un corazón nuevo y pondré dentro de ustedes un espíritu nuevo.  Quitaré de su carne ese corazón de piedra y les daré un corazón de carne.  Pondré dentro de ustedes mi Espíritu y haré que caminen según mis mandamientos ... Ustedes serán mi pueblo y Yo seré su Dios” (Ez. 25-28).

Y esta enseñanza es válida para todos los tiempos, para cualquier circunstancia de la vida del mundo, de un pueblo, de la Iglesia, de las familias y también de cada persona en particular.  Es una enseñanza muy apropiada para nosotros hoy, en el momento histórico que vivimos.

Pueda que las cosas se desarrollen como si Dios no estuviera pendiente, pero es preciso permanecer confiados en fe.  Puede parecer que Dios tarde en intervenir, pero de seguro su actuación tendrá lugar y se verá, como la vio el pueblo de Israel.

Dios es el Señor de la historia y guarda en secreto su manera de gobernar el mundo.  Solamente pide que nos mantengamos fieles hasta el final.  El malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe (Hab 2, 4).

Y esto que se aplica al pueblo de Israel y a nuestro mundo hoy, también puede aplicarse a nuestra vida personal.

A veces las circunstancias de nuestra vida, circunstancias difíciles, nos pueden hacer pensar que el Señor está lejos o, inclusive, que Dios no existe, o que no nos escucha.  La Lectura del Profeta Habacuc nos enseña a esperar el momento del Señor.  El Señor siempre está presente con el auxilio de su Gracia, aunque en algunos momentos no lo sintamos.  En los momentos difíciles de nuestra vida sepamos esperar el momento del Señor con una Fe paciente, perseverante y confiada en los planes de Dios... y, sobre todo, en el tiempo de Dios.

La Segunda Lectura de la Carta de San Pablo a Timoteo (2 Tim. 1, 6-8; 13-14) nos habla de otro aspecto de la Fe.  Digamos que nos habla -más bien- de una consecuencia de la Fe:  la obligación que tenemos de comunicarla.  La Fe, si es verdadera, nos lleva a anunciarla a los demás, a comunicar a los demás eso que creemos.

En palabras de San Pablo muy conocida de los evangelizadores: “tomar parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios nos dé”.   Dicho en otra traducción: “compartir los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios”.

Ahora bien, la segunda traducción, más en línea con el escrito de San Pablo a su discípulo Timoteo, indica que muchas veces, como era el caso de los tiempos de San Pablo, quien se encontraba preso por predicar el Evangelio y quien le recordaba a Timoteo el sacrificio de Cristo, hay que estar dispuesto a sufrir cuando se vaya a dar testimonio de la Fe.   Porque, como dice San Agustín, pueda que muchos están dispuestos a hacer el bien, pero pocos en sufrir los males.

Para eso tenemos la seguridad de la gracia, porque “el Señor no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de buen juicio”. 

Fortaleza para no flaquear en la firmeza en la fe.  Amor para desear defender y comunicar esa fe, no importa las circunstancias.  Y buen juicio, para hacerlo con prudencia, pero sin temor.

Agradezcamos al Señor el don de la Fe y respondámosle con nuestro granito de mostaza para que El pueda darnos una Fe inconmovible, indubitable, una Fe confiada y paciente que sabe esperar el momento del Señor, y una Fe viva y activa, valiente y fuerte, que no teme ser anunciada, aunque haya riesgos.

 

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