DOMINGO 18 del Tiempo Ordinario - Ciclo "A" -
3 de Agosto de 2014 -

El tema de la Liturgia de hoy es el de la Providencia Divina y la confianza que debe tener el cristiano de que Dios, que es Padre... y Padre infinitamente Misericordioso, se ocupa de todas nuestras necesidades  tanto espirituales, como materiales. 

El cristiano que confía en Dios sabe que nada le faltará, pues Dios Padre se ocupa de cada una de sus criaturas: se ocupa de los lirios del campo y de las aves del cielo, y más aún se ocupa de cada uno de nosotros, sus creaturas que, como El mismo nos dice, valemos mucho más que las flores y los animales (cfr. Mt. 6, 28).

En la Primera Lectura de hoy, tomada del Profeta Isaías (Is. 55, 1-3),  podemos apreciar el cuido amoroso de un Dios que es Padre, ocupándose de sus creaturas.  Así nos dice el Señor a través del Profeta: “Todos ustedes, los que tienen sed, vengan por agua; y los que no tienen dinero, venga, tomen trigo y coman; tomen vino y leche sin pagar.  ¿Por qué gastar el dinero en lo que no es pan, y salario en lo que no alimenta?  Escúchenme atentos y comerán bien, saborearán platos sustanciosos.  Préstenme atención, venga a Mí, escúchenme y vivirán”  (Is. 55, 1-3).

En esta Lectura podemos intuir, tanto los bienes y alimentos materiales, como los espirituales.  Y todos ellos nos vienen de Dios, aunque nos toque trabajar un poco para obtenerlos.  Tal vez no nos damos cuenta de que es Dios Quien nos los provee.

Y algunos nos lo da de manera totalmente gratuita.  Comida gratis.  Vengan y tomen trigo y vino sin pagar, nos dice en esta Primera Lectura.  ¿Qué alimento más gratuito hay que la Sagrada Comunión?  Pan y vino gratis.  Y ¡cómo alimenta!  Alimenta el alma en el camino hacia la Vida Eterna.

Para los bienes materiales, El nos da la posibilidad de encontrarlos poniendo nosotros nuestro aporte, que es el trabajo cotidiano.  Para los espirituales nuestro aporte consiste en nuestra respuesta a la Gracia Divina, es decir, nuestro “sí” a la Voluntad de Dios.  Recordemos esto cada vez que recemos el Padre Nuestro, pues “el Pan nuestro de cada día” que pedimos en esa oración con que Jesús nos enseñó invocar a Su Padre, nuestro Padre, se refiere al alimento material y también al alimento espiritual.  

El Salmo nos recuerda esa confianza en la Providencia Divina.  Así hemos rezado: “Abres, Señor, tu mano y nos sacias de favores... A todos alimentas a su tiempo ... Todos quedan satisfechos”.  (Sal. 144)

Dentro de esa confianza que debe tener el cristiano de que Dios todo lo provee y de que Dios no permite nada que no sea conveniente para nuestra salvación, está la Segunda Lectura del Apóstol San Pablo a los Romanos (Rm. 8, 35, 37-39).   

Nada -absolutamente nada- puede apartarnos del amor que sabemos que Dios nos tiene: ni las tribulaciones, ni las angustias, ni la persecución, ni el hambre, ni el peligro, ni la guerra... Nada ... Ni la muerte, ni la vida, ni los demonios, ni el presente, ni el futuro ... En todo confiamos en Dios y no dudamos de su Amor.  Así es la seguridad del cristiano que confía en su Padre, Dios.

El Evangelio nos trae uno de los milagros más recordados de Jesús, el de la Multiplicación de los Panes y los Peces: alimento multiplicado y gratis para saciar a todos los que le seguían en ese momento.  Pero, más allá del milagro multiplicador, es interesante descubrir en este texto del Evangelista San Mateo (Mt. 14, 13-21), algunos detalles que rodearon este impresionante milagro.

Lo primero que llama la atención es el hecho de que para el momento de este acontecimiento, Jesús se acaba de enterar de la muerte de su primo, su Precursor, San Juan Bautista.  Nos dice el Evangelista que “al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar solitario”.   

Es decir, que en ese momento el Señor estaba de duelo y quería retirarse a solas, seguramente a orar, o simplemente a recuperarse de la tristeza de este hecho.  Sabemos que, como Dios, Jesús conocía de antemano lo que iba a suceder a su primo.  Pero, como Hombre verdadero que era también, sentía aflicción por tal pérdida y por tan vil asesinato (cfr. Mt. 14, 1-12).

Pero ... ¿por qué llama la atención esto?   Llama la atención por lo que de seguidas nos cuenta el Evangelista: al saber la gente que Jesús estaba por allí, lo siguieron por tierra y El, al ver aquella muchedumbre, “se compadeció de ella y curó a los enfermos”.   Y la atención de Jesús para con esa gente no se queda allí, sino que posteriormente, les da de comer a todos.  

Si observamos bien, entonces, nos damos cuenta de que Jesús se olvida de lo que inicialmente iba a hacer, se olvida de su retiro en soledad, se olvida de su duelo, de su dolor, y se somete a la solicitud de una muchedumbre hambrienta de pan material y de pan espiritual.

Y nosotros, que debemos ser imitadores de Cristo, ¿es así como actuamos con relación a las necesidades de los demás?  ¿Qué necesidades ponemos de primero: las nuestras o las de los demás?  ¿Cómo atendemos a quien nos necesita para que le demos una palabra de aliento, una atención porque está enfermo o simplemente porque necesita un trozo de pan?  ¿Hacemos como Jesús?  ¿Nos olvidamos de nuestra tristeza o preocupación personal para atender a otros, aún desde nuestra propia tristeza o preocupación? ...  ¿O buscamos ser nosotros atendidos, olvidando a los demás?  ¿Buscamos ser consolados en vez de consolar?  ¿Ser comprendidos en vez de comprender?  ¿Ser amados en vez de amar?  ...  ¿Cómo actuamos?  ¿Cómo somos? ... 

El otro detalle que llama la atención de este milagro multiplicador de comida es el hecho de que Jesús le pregunta a sus discípulos cuánta comida tienen.  Y ellos le informan: son sólo cinco panes y dos pescados.  La muchedumbre era grande: cinco mil hombres, más las mujeres y los niños.  Si tomamos en cuenta que a  Jesús lo seguían muchas más mujeres que hombres, probablemente en total podían haber sido unas quince mil personas.  ¿Cómo podían los discípulos, preocupados por el gentío, seguir la indicación del Señor que les dice:   “Denles ustedes de comer”?   

El Señor les pedía un imposible: dar de comer a quince mil con cinco panes y dos pescados.  Ellos obedecen, aunque parecía imposible.  Y nosotros... ¿cómo actuamos cuando el Señor nos pide algo que creemos imposible?  ¿Confiamos en la Providencia Divina o confiamos sólo en nuestras débiles fuerzas?   ¿Confiamos plenamente en Dios u olvidamos que Dios nunca  nos pide algo que no podamos cumplir con su Gracia?

¿Qué sucedió, entonces, en esta escena evangélica?   ¡Sucedió lo imposible!  Los Apóstoles sí pudieron cumplir la instrucción del Señor, pues,  acto seguido, Jesús efectúa el milagro: de los cinco panes y dos peces iban saliendo muchísimos panes y pescados... ¡tantos! que al final, después de haber comido todos, se recogieron doce cestas de sobras. 

Las cifras que pone el Evangelista dan una idea de la espectacularidad del milagro.  Pero este milagro fue ¡nada! en comparación con otro milagro que este milagro pre-anuncia: la Sagrada Eucaristía, en la cual Jesús se convierte El mismo en nuestro “Pan bajado del Cielo” (Jn. 6, 41).  

En efecto, Jesús es nuestro “Pan de Vida” que alimenta nuestra vida espiritual, que se da a nosotros como alimento en la Hostia Consagrada, cada vez que queramos recibirlo: diariamente, si deseamos.  Alimento espiritual gratis también, como anunciaba la profecía de Isaías en la Primera Lectura.

Recordemos: Dios provee todas nuestras necesidades... las materiales y las espirituales.  Espera, eso sí, que depongamos nuestros gustos y deseos para dar prioridad a las necesidades de los demás.  Espera, además, que sigamos sus instrucciones... aunque nos parezcan imposibles de cumplir.  Y también espera que pongamos lo poco que tengamos (nuestros cinco panes y dos pescados) para El multiplicarlos para los demás.  Y nos da otro pan gratis que nos alimenta en el camino a la Vida Eterna: la Sagrada Comunión.

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