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| DOMINGO Solemnidad de Pentecostés | ||||
Tiempo de Pascua
- Ciclo "A" - |
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| A los cincuenta días de la Resurrección del Señor celebramos la venida del Espíritu Santo a la Virgen y a los Apóstoles. El Espíritu Santo fue prometido por Jesucristo varias veces antes de su muerte y también después de su Resurrección, antes de su partida definitiva cuando subió a los Cielos. Y ... ¿quién es el Espíritu Santo? El Espíritu Santo es nada menos que el Espíritu de Dios; es decir, el Espíritu de Jesús y el Espíritu del Padre. El es la presencia de Dios con nosotros los hombres. El es la promesa cumplida del Señor cuando nos dijo: “Mirad que estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20). El Espíritu Santo nos asiste a cada uno de nosotros en nuestro peregrinar a la meta a que hemos sido llamados. Y ¿cuál es esa meta? Es el Cielo que el Señor nos muestra en su Ascensión y que ha prometido a aquéllos que cumplan la Voluntad del Padre. Al Espíritu Santo se le dan muchos nombres: Paráclito (o Abogado), Consolador, Espíritu de la Verdad, Espíritu de Amor, etc. y, de acuerdo a todos estos títulos, se le atribuyen muchas funciones para con nosotros los seres humanos. La principal de estas funciones tal vez sea la de nuestra santificación. Es el Espíritu Santo quien, con sus suaves inspiraciones, nos va sugiriendo cómo transitar por el camino de la santidad, por ese camino que nos lleva al Cielo. Se ha comparado el Espíritu Santo con el viento. En efecto el mismo Señor nos dice que el Espíritu Santo es como una suave brisa que sopla donde quiere (Jn. 3, 8). Si el Espíritu Santo es la brisa, nosotros debemos ser como las velas de una barca, siempre en posición de ser movidos por esa brisa; es decir, debemos ser perceptivos a las inspiraciones del Espíritu Santo y dóciles a éstas, para poder navegar por esta vida guiados por El hacia nuestra meta definitiva. Decíamos que el Espíritu Santo es el Espíritu de la Verdad. Y sobre este título y esta función del Espíritu Santo, fijémonos lo que nos dijo Jesucristo: “Tengo muchas cosas más que decirles, pero ustedes no pueden entenderlas ahora. Pero cuando venga El, el Espíritu de la Verdad, El los llevará a la verdad plena ... El les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Jn. 16, 12 y 14, 26). Es el Espíritu Santo quien nos lleva a conocer y a vivir todo lo que Cristo nos ha dicho. El nos recuerda todo lo que el Señor nos enseñó. El nos lleva a conocer y a aceptar el Mensaje de Cristo en su totalidad. El Espíritu Santo -el Espíritu de la Verdad- nos lleva a la Verdad plena. En Pentecostés conmemoramos, entonces, la Venida del Espíritu Santo a la Iglesia y rogamos porque ese Espíritu de Verdad se derrame en cada uno de nosotros, que formamos parte de la Iglesia, para poder vivir todo lo que Jesús nos enseñó, para poder ser santificados por El. ¿Cómo realiza el Espíritu Santo su labor de santificación en nosotros? El Espíritu Santo se va derramando en cada uno de nosotros con sus gracias, dones, frutos y carismas (cfr. Segunda Lectura: 1Co.12, 3-7. 12-13). Todos estos son regalos del Espíritu Santo; es decir, cosas que recibimos de gratis, como un obsequio y, además ... sin merecerlas. Y todos estos regalos del Espíritu Santo son los auxilios que Dios nos da para el desarrollo de nuestra vida espiritual, para ayudarnos en nuestra santificación, para ayudarnos a llegar a nuestra meta definitiva que es el Cielo. ¿Qué hacer para poder recibir todos estos regalos del Espíritu Santo? Para respondernos esto, veamos cómo fue esa primera venida del Espíritu Santo. Los Apóstoles se habían visto privados de la presencia visible y sensible del Señor cuando El subió a los cielos en su Ascensión. Recordemos que en los cuarenta días que transcurrieron entre su Resurrección y su Ascensión, Jesús Resucitado estuvo apareciéndosele a los Apóstoles y discípulos para fortalecerlos en la fe, para que se dieran cuenta de que realmente había resucitado y de que estaba vivo. Con su partida definitiva, al subir al Cielo, ellos deben continuar su camino y cumplir la misión que les había encomendado, sin tener a Jesús a su lado, acompañados y conducidos por su Espíritu, por el Espíritu Santo. Recordemos cómo eran los Apóstoles antes de Pentecostés. Vemos unos hombres temerosos y tímidos: al comenzar la persecución contra Jesús, desaparecieron y se dispersaron. Aparte de esto, eran bastante torpes para comprender las Escrituras y para entender las enseñanzas de Jesús ... tanto así que en algunos momentos Jesús les tuvo que reprender porque no terminaban de entender lo que les decía. Pero el cambio en Pentecostés fue radical: luego de recibir el Espíritu Santo, cambiaron totalmente: se lanzaron a predicar sin ningún temor y llenos de sabiduría divina. Vemos en el relato tomado de los Hechos de los Apóstoles que hasta se les soltaron las lenguas y comenzaron a hablar con un nuevo poder de lenguaje dado por el Espíritu Santo, con el cual podían comunicarse con todos los extranjeros que estaban en Jerusalén en ese momento. (cfr. Primera Lectura: He. 2, 1-11) Así llamaron a todos a la conversión y bautizaban a los que acogían el mensaje de Jesucristo Salvador. Comenzaron a formar discípulos y comunidades, asistían a los necesitados ... sufrieron persecuciones, e inclusive, llegaron hasta el martirio. ¿Cómo pudo suceder toda esta trasformación? El protagonista de este cambio tan radical fue el Espíritu Santo; es decir, el Espíritu Santo hizo esas maravillas en ellos. Pero veamos lo más importante: ¿Qué hacían los Apóstoles antes de Pentecostés? Nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles: “Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu ... en compañía de María, la Madre de Jesús ... Acudían diariamente al Templo con mucho entusiasmo” (Hech. 1, 12-14 y 2, 46). He aquí el secreto para recibir
al Espíritu Santo. He aquí el secreto de la acción
del Espíritu Santo en nosotros y a través de nosotros. Ese
secreto está en la oración: en una oración perseverante,
frecuente, con entusiasmo, con la Santísima Virgen María.
¡Ven, Espíritu Santo! |
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