Domingo 2 del Tiempo Ordinario - Ciclo "B" -
9 de Diciembre de 2018 -

Las lecturas de este segundo domingo de Adviento continúan el vaivén entre los hechos históricos y los cambios espirituales, entre la venida de Cristo hace 2000 años y su segunda futura venida.

En la Primera Lectura del Profeta Baruc (Ba. 5, 1-9), encontramos la descripción de la ciudad de Jerusalén vacía y triste porque sus habitantes no están allí, sino en el exilio.  Pero el Profeta invita a Jerusalén a alegrarse porque sus hijos desterrados volverán a la ciudad y serán conducidos del destierro a través del desierto por el mismo Dios.

Ahora bien, Jerusalén siempre es también símbolo de la Iglesia, que tiene muchos hijos también en exilio, fuera de sus muros, fuera de su influencia, alejados de ella.   ¿Cómo se han exilado?  Por el pecado, por la oposición a Dios y a sus leyes y designios.  Y la Iglesia, la nueva Jerusalén, no deja de llamarnos a todos, especialmente en este tiempo de preparación que es el Adviento.

Y Dios prepara ese camino, como nos dice el Profeta Baruc, “abajando montañas y colinas, rellenando los valles hasta aplanar la tierra, para que Israel (el pueblo de Dios, su Iglesia) camine seguro bajo la gloria de Dios”.  Además, “los bosques y los árboles fragantes le darán sombra por orden de Dios ... escoltándolo con su misericordia y su justicia.”

El Profeta anunciaba la preparación que Dios iba a hacer en el camino de regreso a través del desierto para que los desterrados pudieran volver a Jerusalén.  Pero cuando San Juan Bautista, un siglo después de Baruc, comienza su predicación para preparar y anunciar la llegada del Mesías, retoma las palabras del Profeta y le da a las mismas un sentido espiritual.

En el Evangelio de hoy (Lc. 3, 1-6) San Lucas nos da al principio datos muy precisos de tiempo y lugar para ubicar con exactitud histórica al Bautista.  También define a San Juan Bautista como “la voz que resuena en el desierto” anunciada por el Profeta Isaías (Is. 40, 3-5) quien también describe como Baruc el terreno que ha de aplanarse en el desierto.

O sea que San Juan Bautista, el Precursor, anunciador del Mesías, quien era su primo Jesús de Nazaret, utiliza las palabras de los Profetas antiguos para realizar su misión, la de “preparar” el camino del Señor:

“Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos.  Todo valle sea rellenado, toda montaña y colina, rebajada; lo tortuoso se hará derecho, los caminos ásperos serán allanados”.

Y ¿qué significa eso de enderezar, rellenar y rebajar y aplanar el terreno del desierto?   ¿Qué obra de ingeniería vial es ésa, mediante la cual “todos los hombres verán la salvación de Dios”?

Es la obra de ingeniería divina que Dios realiza con su gracia en nuestras almas.  Nuestras almas son un desierto irrigado por la gracia divina, un desierto irregular con picos y hondonadas; sinuoso, con curvas y recovecos; su superficie es áspera con huecos y salientes.  Y el Señor tiene que uniformarlo, hacerlo recto en todas sus dimensiones a lo ancho y largo, a lo alto y profundo, de un lado a otro.

El Señor tiene que enderezar las curvas torcidas de nuestra mente, que busca sus propios caminos equivocados de racionalismo y engreimiento.  El Señor tiene que rellenar las hendiduras de nuestras bajezas, cuando preferimos comprar lo que nos vende el Demonio, en vez de optar por la Voluntad de Dios.  El Señor tiene que tumbar y rebajar las colinas y montañas de nuestro orgullo, cuando creemos que podemos ser como Dios, al pretender decidir por nosotros mismos lo que es bueno o malo; o cuando creemos poder cuestionar a Dios sus planes para nuestra vida, sin darnos cuenta que El -nuestro Creador y Padre- es quien sabe lo que nos conviene a cada uno.  El Señor tiene que suavizar con su Amor la superficie de nuestra alma, para quitar la aspereza de nuestro egoísmo, cuando no sabemos amarlo ni a El ni a los demás, sino que nos amamos sólo a nosotros mismos.

¡Es toda una obra de Ingeniería Divina!  Y es una obra de ingeniería que requiere nuestra colaboración.  Es una obra de conversión, de purificar y cambiar lo que no está acorde con la Voluntad Divina.  Esta conversión es especialmente importante en el Adviento, tiempo dedicado a este cambio interior.  Pero no basta convertirnos en Adviento, en estas semanas anteriores a la Navidad.  Es que nuestra vida tiene que ser un continuado Adviento que nos prepare a nuestro encuentro con Dios.

Y ese encuentro será cuando pasemos a la otra vida, o en el momento en que Cristo vuelva en gloria como Juez Supremo de toda la humanidad.  Sea cual fuere la forma de nuestro encuentro con el Señor, es un encuentro ineludible, lo más seguro que tenemos, el cual nos puede llegar en cualquier momento, como bien lo anuncia el Señor: “llegará como el ladrón”, cuando menos lo pensemos.  Para cualquiera de las dos eventualidades tenemos que estar preparados, muy bien preparados, con el desierto de nuestra alma bien irrigado de la gracia divina y bien allanado con los cambios que Dios haya querido hacer en ella.

Y ese encuentro, deberá encontrarnos como nos dice San Pablo en la Segunda Lectura (Flp. 1, 4-6.8-11):limpios e irreprochables al día de la venida de Cristo, llenos de los frutos de la justicia, que nos viene de Cristo Jesús”.

El mismo San Pablo nos da la clave para estar bien preparados: “escoger siempre lo mejor”.    Y lo mejor no puede ser lo que nos provoque, lo que nos guste, lo que deseemos.  Lo mejor siempre será lo que Dios desee.  El camino de santidad, de justicia -como usa el término San Pablo- consiste en ir haciendo que nuestro deseo vaya cambiándose por los deseos de Dios.  No suelen coincidir los deseos divinos con los humanos y esto sucede cuando la voluntad no está iluminada por Dios, sino que está oscurecida por el mundo, por el demonio o por la carne.

Y no temamos, porque -como nos dice San Pablo- “Aquél que comenzó en ustedes su obra, la irá perfeccionando hasta el día de la venida de Cristo Jesús”.

En efecto, si nos dejamos llevar por la gracia divina, si dejamos a Dios hacer su obra de ingeniería y colaboramos, El que comenzó su obra de santificación en cada uno de nosotros, la llevará hasta su culminación cuando sea nuestro encuentro con El.  Que así sea.

 

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