| Hoy es el último
domingo del Año Litúrgico, el cual finaliza celebrando a
Cristo como Rey del Universo, fiesta solemne instaurada por el Papa Pío
XI en 1925.
El Reinado de Cristo -que es lo
mismo que el Reino de Dios- viene mencionado muchas veces en la Sagrada
Escritura. Cristo nos dice que su Reino no es de este
mundo. Sin embargo, sabemos que su Reino también está
en este mundo. Pero su Reino no es terrenal, sino celestial;
no es humano, sino divino; no es temporal, sino eterno.
Su Reinado está en medio
del mundo, porque está en cada uno de nosotros. O, mejor dicho:
está en cada uno de nosotros cuando estamos en gracia; es decir,
cuando Cristo vive en nosotros y así permitimos
que el Señor sea Rey de nuestro corazón y de nuestra alma,
cuando le permitimos a Jesucristo reinar sobre nuestra vida.
Si Cristo es nuestro Rey, nosotros
somos sus súbditos. Tendríamos, entonces, que preguntarnos
¿qué hace un súbdito? ¿Qué hace un
subalterno? Hace lo que desea y lo que le indica su Rey, su Jefe. Por
eso decimos que el Reinado de Cristo está dentro de nosotros mismos,
pues Cristo es verdadero Rey nuestro cuando nosotros hacemos lo que El
desea y lo que El nos pide.
Y ¿qué nos pide ese
Rey bondadosísimo que es Cristo, este Pastor amorosísimo
que nos presentan las Lecturas de hoy? El nos pide lo que más nos
conviene a nosotros. Y lo que más nos conviene a nosotros es hacer
la Voluntad del Padre. En eso consiste el Reinado de Cristo en cada uno
de nosotros: en que hagamos la Voluntad de Dios.
No en vano Jesucristo nos enseñó
a decir en el Padre Nuestro: “Venga tu Reino” y seguidamente:
“Hágase tu voluntad”. Es así, entonces,
como el Reinado de Cristo comienza por nosotros mismos: cuando comenzamos
a buscar hacer la Voluntad de Dios.
Las Lecturas de este último
domingo del Año -del Año Litúrgico- nos invitan a
reflexionar sobre el establecimiento del Reinado de Cristo en el mundo.
La Primera Lectura del Profeta Ezequiel
(Ez. 34, 11-12 y 15-17) nos habla del momento en que “se
encuentren dispersas las ovejas” y de cómo Jesús,
el Buen Pastor atenderá a cada una:
“Buscaré a la perdida y haré volver a la descarriada;
curaré a la herida, robusteceré a la débil, y a la
que está gorda y fuerte, la cuidaré”.
Y termina la lectura hablando del
día del Juicio Final: “He aquí que voy a juzgar
entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos”.
En este anuncio del Juicio Final
que hace Jesucristo en el Evangelio de hoy (Mt. 25, 31-46), El
comienza con esa profecía de Ezequiel: “Entonces serán
congregadas ante El todas las naciones, y El apartará a los unos
de los otros ... a las ovejas de los machos cabríos”.
La profecía de Ezequiel también
nos remite a otro Profeta del Antiguo Testamento: el Profeta Zacarías
(Zc. 13, 7 y 14, 1-9) quien igualmente nos habla del día
final, anunciando la dispersión del rebaño:
“Heriré al Pastor
y se dispersarán las ovejas ... dos tercios serán exterminados
y sólo se salvará un tercio. Echaré ese tercio al
fuego, lo purificaré como se hace con la plata, lo pondré
a prueba como se prueba el oro. El invocará mi Nombre y Yo lo escucharé.
Entonces Yo diré: ¡Este es mi pueblo!, y él, a su
vez dirá: “¡Yavé es mi Dios!”.
El Salmo
no podía ser otro que el #22, el del Buen Pastor. “El
Señor es mi Pastor, nada me falta ...”. Porque Jesús,
antes del día del Juicio Universal, antes de venir a establecer
su Reinado definitivo, cuida a cada una de sus ovejas, como nos dice la
Primera Lectura y como nos indica este Salmo, favorito de muchos.
La Segunda Lectura (1 Cor. 15,
20-28) nos habla también del momento del establecimiento del
Reino de Cristo. Nos habla de que su resurrección es primicia de
la nuestra. Nos habla, también, de que en el momento de su venida,
Cristo aniquilará todos los poderes del Mal, someterá a
todos bajo sus pies, para luego entregar su Reino al Padre. Y así
Dios será todo en todas las cosas.
El Evangelio de hoy es el famoso
pasaje sobre el Juicio Universal o Juicio Final: “tuve hambre
y me diste de comer ... tuve sed y me diste de beber ...”.
¿Significa, entonces, que sólo seremos juzgados con relación
a lo que hayamos hecho o dejado de hacer al prójimo?
Para comentar el sentido completo
del Juicio Universal, citamos al Teólogo Dominico, Antonio Royo
Marín, quien en su libro “Teología de Salvación”
nos dice lo siguiente acerca de esta cita evangélica:
“A juzgar por la descripción
del juicio final hecha por el mismo Jesucristo ... pudiera pensarse que
sólo se nos juzgará sobre el ejercicio de la caridad para
con el prójimo ... Pero todos los exégetas católicos
están de acuerdo en que esas expresiones las usa el Señor
únicamente por vía de ejemplo -y acaso también para
recalcar la gran importancia de la caridad- pero sin que tengan sentido
alguno exclusivista”.
Es conveniente, entonces, recordar
que los seres humanos, una vez dejada nuestra existencia terrenal o temporal,
pasaremos por dos juicios: el Juicio Particular, que tiene lugar en el
mismo momento de nuestra muerte, y el Juicio Universal que sucederá
al final de los tiempos, precisamente cuando Cristo vuelva glorioso a
establecer su reinado definitivo.
Ahora bien, ¿qué diferencia
hay entre ambos juicios? Lo primero que debe destacarse es que no habrá
discrepancia entre ambos. En el Juicio Final será ratificada la
sentencia que cada alma recibió en el Juicio Particular.
Lo que sucede es que el Juicio Particular
será para la conciencia moral individual. Se referirá al
aprovechamiento o desperdicio que hayamos hecho de las gracias recibidas
a lo largo de nuestra vida terrena. Y el Juicio Universal será
sobre la influencia que hayan tenido el bien o el mal que cada uno haya
hecho o dejado de hacer en otras personas, en la humanidad, en la historia
de la salvación,
Dicho en otras palabras: el Juicio
Particular se referirá a la conciencia individual y el Juicio Final
se referirá a las consecuencias sociales de nuestros pecados. De
allí que el Señor, al describirnos el Juicio Final, se refiera
a las obras de misericordia, a lo que comúnmente llamamos obras
de caridad.
Quiere decir, entonces, que seremos
juzgados sobre cómo hemos amado: cómo hemos amado a Dios
y cómo ese amor de Dios se ha reflejado en nuestro amor a los demás.
Cierto que el Señor nos ha
dicho que al que mucho ama (cfr. Lc. 7, 47) mucho se le perdona,
pero es bueno recalcar que seremos juzgados por todas nuestras acciones:
en la Fe, en la Esperanza, en la Caridad, en la humildad, etc., etc. Es
decir: en todas las virtudes; también, en las acciones y en las
omisiones, en lo pensado, en lo hablado y en lo actuado, en lo oculto
y en lo conocido. En todo.
Veamos lo que nos dice la última
frase del Libro del Eclesiastés sobre el Juicio: “Dios
ha de juzgarlo todo, aun lo oculto, y toda acción,
sea buena o sea mala” (Ecl. 12, 14). Esta idea también
la menciona San Pablo: “Puesto que todos hemos de comparecer
ante el Tribunal de Cristo, para que reciba cada uno según lo que
hubiere hecho, bueno o malo” (2 Cor. 5, 10).
Una vez juzgados por Cristo justo
Juez, cuando vuelva en la Parusía a resucitarnos como El resucitó
y a separar a los salvados de los condenados, Cristo Rey del Universo
establecerá su reinado definitivo. Entonces “Dios será
todo en todos”.
En el Prefacio de la Misa de Cristo
Rey del Universo rezamos que el Reino de Cristo es un Reino de Verdad,
de Vida, de Santidad, de Gracia, de Justicia, de Amor y de Paz. Así
será el Reino de Cristo cuando El vuelva glorioso a establecerlo
definitivamente para toda la eternidad.
Pero, mientras tanto, mientras estamos
preparándonos para su venida definitiva, mientras viene Cristo
como Rey Glorioso, podemos y debemos propiciar ese reinado en nuestro
corazón y en medio de nosotros.
Y podrá ser un Reino
de Verdad si nuestro entendimiento queda libre de errores y es
iluminado por la Sabiduría Divina.
Podrá ser un Reino
de Vida si Cristo vive en nosotros por medio de la gracia divina
que recibimos especialmente en la Sagrada Eucaristía y en la oración.
Podrá ser un Reino
de Santidad si dejamos que Cristo nos santifique, siendo dóciles
a las inspiraciones de su Santo Espíritu.
Podrá ser un Reino
de Gracia si sabemos acoger las gracias que Cristo nos da de
tantas maneras, respondiendo con frutos de buenas obras.
Podrá ser un Reino
de Justicia, Amor y Paz en la medida en que los seres humanos,
súbitos de Cristo Rey, busquemos y hagamos la Voluntad Divina,
pues de esa manera las relaciones entre los hombres serán regidas
por ese Rey que nos comunica su Verdad, su Vida, su Gracia, su Santidad,
su Justicia, su Amor y su Paz.
Precisamente ese fue le propósito
que tuvo el Papa Pío XI al establecer esta Fiesta: que el Reinado
de Cristo -comenzando por cada uno de nosotros los Católicos- se
extendiera de cada individuo a cada familia, de cada familia a la sociedad,
de la sociedad a las naciones, de las naciones al mundo entero. Esa es
nuestra obligación como súbditos de Cristo, Rey del Universo.
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